viernes, 30 de septiembre de 2016

La otra historia...

Retomando las "historias para compartir" en una especie de ida y vuelta con el último relato. No es la continuación de aquel - ambos se pueden leer independientemente-, sino una ventana abierta a las sensaciones de los otros personajes que viven la misma historia, en una especie de mirada desde otro lugar.
¡Qué lo disfruten!

La otra historia

Mi nombre es Luz.
Ustedes ya conocen algo de mi historia: mamá no quiso perder el prestigio y el honor de la familia y me desterró violentamente de esa vida. Fue tan fría y calculadora que apenas se notó mi ausencia.  


Lo que nadie sabe aún es mi papel en ese juego. 
La otra cara de la moneda.
 No quiero pasar por víctima, ni por “pobrecita”, para mí, todo fue muy triste.

Recuerdo, cuando niña, mi sed de amor siempre insatisfecha. Jamás faltò el mejor colegio, ni la ropa de última moda, ni la fiesta brillante donde una era la estrella pero… ¡qué lejos estaban las verdaderas luces de los sentimientos!
En nuestra casa, apenas se vislumbraban. Todo era un gran vacìo de tinieblas. Una seducción de lujo y confort que poco dejaba en el interior.

Por eso, el día de mi cumpleaños de quince, cuando conocí a Manuel, todos aquellos telones que armaban una coreografía donde YO era la protagonista principal, se derrumbaron sin sentido.

Y quedé sola y desnuda, como recién nacida. Sin nada por delante y sin pasado.

No sé quién lo había llevado a la fiesta, ni quien me lo presentó. Solo recuerdo que bailamos toda la noche y hablamos de tantas cosas…parecía como si nos conociéramos de años.
Algo comenzó a despertarse en mi interior.
 De pronto, mi cuerpo era un mar tormentoso que se agitaba entre la lluvia. No me reconocía a mí misma. El amor devoraba todo recelo y reclamaba más y más.

Cuando le conté a mamá, se enojó muchísimo. Por supuesto, ya lo había investigado y llegado a la conclusión de que era un pobre tipo que tenía que trabajar para vivir. ¡Nada menos! Me propuso que lo usara para divertirme y que después lo desechara.
¡Qué equivocada estuve! Fui a mostrar toda mi alegría y me encontré con un témpano de hielo.

Fue en ese momento cuando tomé la decisión de seguir viviendo inmersa en ese amor y no en un
caldo de cultivo societario.

Manuel comprendió. En secreto, preparamos la fuga. Solo importaba estar juntos.

Un lunes, al salir del colegio, le dije a uno de mis hermanos que no volvía a casa pues una amiga me había invitado a la suya. Lo vi partir y corrí hacia el lugar convenido. Allí me aguardaba Manuel en su viejo coche. Anduvimos kilómetros y kilómetros hasta llegar a un pueblito donde vivía su abuela.
 Le explicamos.
Al principio, nos retó muchísimo, cuando comprendió la verdad, nos abrazó y nos brindó todo de sí.

Fue una época hermosa.
 Manuel trabajaba en el campo, yo lo acompañaba e intentaba hacer algo mientras reíamos de mi falta de habilidad para todo.
 Éramos como niños en un Paraíso creado solo para nosotros dos.

Me di cuenta de que estaba embarazada y eso aumentó nuestra felicidad. Gozábamos cada segundo.
La abuela trajo una comadrona a casa para que me ayudara en las últimas semanas antes del parto. Ni imaginamos que con ella llegaba aquel maldito virus…
 Inmersos en otro mundo, no sabíamos que una gran epidemia incontrolable estaba avanzando por esa zona. Cuando nos enteramos, ya era tarde. La oscuridad cayó de golpe y sufrimos por esa buena mujer,  que se fue en silencio, como llegó. Después murió la abuela.
Quedamos solos. Contagiados. Decidimos luchar hasta el final.
Manuel me pidió que me reconciliara con mi familia. Él lo había intentado un tiempo atrás, aunque no había logrado nada.
Probé.
Llamé por teléfono y atendió mamá. Empecé a hablar, a contarle. Mi voz tranquila se tornó desesperada al notar que ella no me escuchaba. Cuando me rendí y solo restaba decirle que la amaba, que había descubierto mucho de mí y que era feliz, ella cortó. Nunca más pude volver a hablarle.
¡Qué horrible sensación! Aquello provocó las primeras contracciones y ese mismo día nació el bebé. Tibio, flaquito, llorón… enfermo.
Quedamos internados en una salita del pueblo, donde día a día pasaba la Muerte y se llevaba a alguien. Manuel logró que nos dejaran volver a casa y allá nos fuimos. Transformamos la cocina en un hospital, Tal vez por eso logramos extender  nuestras vidas un poquito más.
Sorprendentemente, el más fuerte, Manuel, fue el primero en partir. Lo siguió mi frágil bebé, que ni siquiera había llegado a soñar vestido con un nombre propio.
Quedé sola.
No creo que mucho tiempo más.
Estoy débil y escribo desde mi cama las últimas palabras de esta historia. Lo hago para que, si alguna vez, mamá llega a leerlas, comprenda. Aunque se, que después de que pasa la Muerte, todo se quema, por temor al virus, pero creo que es lo único que me mantiene aún en este mundo.

Hace dos días que no puedo dormir. Mis ojos están cansados. Estoy agotada.

Una ventana se abrió con el viento no sé cuándo, y deja entrar una hermosa luz que se derrama sobre mí. Es extraño. Siento que me invaden nuevas fuerzas.
Desde afuera, alguien grita mi nombre. No puedo creerlo, pero… si, es Manuel. Es mi bebé. Son ambos, que juntos pasan a buscarme.
Me levanto y salto a través de esa ventana y me alejo para siempre de este lugar de dolor, dejando detrás mi viejo cuerpo.

Soy Luz y voy hacia la Luz…


Clara Silvina Alazraki


El relato en audio:





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