martes, 11 de abril de 2017

Para aquellos que aman incondicionalmente, un nuevo relato.

Una perra historia

Mi nombre es Pancha. Aunque no lo parezca, estoy en plena adolescencia: tengo cuatro años humanos pasaditos.
Mamá  siempre pensó que yo era la más loca entre mis cinco
hermanas. Imagínense: apenas con unos meses de vida, me escapé detrás de los rayos hipnóticos de una bicicleta roja y, después de una semana de vaguear por el barrio, me encontraron, negra de barro, un poco raquítica y con una soberana gripe. Se supone que eso  fue lo que retrasó mi crecimiento; mientras las otras chicas de la familia se desarrollaban a mil, yo quedé petisita, feúcha. Mis hermanas desfilaban por la casa mostrando sus largos cabellos leoninos, sus uñas curvas, relucientes, su pecho erguido. En cambio, yo era una mezcla absurda de mechitas cortas, duras y mal barajadas con un cuerpo escuálido.
Tal vez por eso a ellas se las llevaron rapidísimo y yo terminé viviendo en esa casa, la misma donde había nacido.
En esos tiempos éramos seis (contando a los tres humanos). Ellos eran bastante buenos con nosotros, aunque nos daban una comida horrible: una especie de amasijo con forma de porotitos y un lejano sabor a carne. Muy, muy lejano.
Beto, el nene de la casa, era mi mejor amigo. Era el más mimado (como yo) y le permitían hacer cualquier cosa. Usaba a mi papá de caballito de carreras, saltaba con la cola de mamá como si fuera una
soga. Yo no le servía de mucho al principio, porque era chiquita, boba y fea, pero cuando tomó confianza, nos hicimos íntimos. Fue una pena que cuando cumplió sus cinco años (y yo uno), se tuvo que mudar a un departamento. A nosotros, nos regalaron.

No sé qué fue de mis padres, lo último que recuerdo son las lágrimas de mamá, sus aullidos aconsejándome que fuera buena y obediente y no hiciera travesuras en mi nuevo hogar.

Fui a parar a un dos ambientes chiquito y apretado. Ahora éramos tres (contando a los dos humanos). 
Perdí todo vínculo con los otros
de mi especie, salvo en los esporádicos paseos de mis hombres. 
Estos eran bastante raros. 
Luis, tenía unos veinte años, vivía para trabajar. Apenas llegaba a casa, se sentaba en un sillón orientado al ventanal grande que daba a la plaza y al mar. Después de un rato de cabecear, se quedaba dormido, profundamente cansado. José, su padre, prefería una ventanita minúscula y mágica, que fuera de día o de noche, siempre estaba iluminada con rayos de mil colores y formas y un zumbido inexplicable que le brotaba del centro de su fea panzota negra. Hablaban muy poco entre ellos.

Con el tiempo, supe que me habían llevado a su casa porque pensaban que podía ser una buena guardiana, lo que se cumplió por casualidad cuando un día que me dejaron sola, como de costumbre, entró un ladrón. Me asusté tanto que salí disparada para la cocina. En la carrera me llevé por delante la mesa con los sifones de soda encima. Uno se cayó y reventó. El ladrón se escapó con más miedo que yo, dejando regadas por el piso, las pocas cosas que iba a robar. Cuando llegó José, de una ojeada comprendió todo. Me buscó y me arrojó en el aire mientras me decía muchísimas cosas lindas. Creo que esa noche fue la primera en que vi a mis hombres sonriendo y ¡por fin!, conocí el sabor de una buena comida.

A partir de ese momento, mi historia cambió.

Luis llegaba más temprano. Salíamos juntos a caminar, a ver la puesta del sol sobre el mar, a pescar. Se compró una bicicleta y me hizo una sillita especial. Y ahí iba yo, lo más pancha(haciendo honor de mi nombre), clavando mis uñitas en el asiento de madera mientras mi hombre silbaba feliz, con el viento acariciando suavemente su cara. Nos habíamos convertido en amigos inseparables. 

Poco a poco, me enteré de su vida triste, casi sin amor o esperanzas y, como cada día lo amaba más, decidí hacer algo para llenar su corazón.

Un domingo que habíamos ido al centro  en bici para comprar unas herramientas, la vi. Supe inmediatamente que esa mujer estaba predestinada para mi amigo. Pero él estaba ciego. Ella lo miró desde atrás del mostrador de una heladería y lo iluminó con una sonrisa preciosa. Mi Luis, ni se percató. Decidí intervenir. Bajé del asiento, comencé a ladrar como una loca rabiosa y corrí hacia la calle. Luis no entendía nada. Me llamó, bastante enojado, mientras me perseguía. Fue tarde. De pronto, todo se convirtió en ruido y dolor. Me sentí suave y liviana, como una pompa de jabón flotando en el aire. Luis lloraba y abrazaba sobre su pecho mi cuerpo sin vida. El automovilista que me había atropellado pedía perdón, aseguraba que me había visto de repente, que no había podido frenar…  
Ella miraba todo desde la vereda del frente. Por un minuto temí que
no hubiese comprendido. Entonces, cruzó la calle y tomando entre sus manos las de Luis, que sostenían mi cuerpo laxo, le susurró que no se pusiera mal, que a veces esas cosas pasaban porque Dios había mandado a mi amiga a acompañar a alguien que también la necesitaba, que habían más cosas en este mundo para darle tanto Amor como el que él brindaba a su perrita…
Y puedo jurar que fue en ese instante cuando mi Luis la miró directo a los ojos y recordó.
Ella sonrió, su mirada lo llenó de aquello que tanto necesitaba y yo me pude ir, muy feliz, hacia la Luz que desde hacía un buen rato parpadeaba desde el cielo, llamándome…


Clara Silvina Alazraki

El relato en audio:



Imágenes: Bella y Maite , dos hermosas que buscan un hogar en Mar del Plata o zona
La puesta de sol, es propia, tomada en la playa de Mar del Plata

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martes, 21 de marzo de 2017

Cuando escribo...

Sobre los cálidos designios 
 que me va dictando la razón,
 van surgiendo palabras descolgadas, 
 cataratas de lenguaje
 colorido y rutilante 
 que desagua en ríos de tinta y cauce de papel.

Si intento,
 calculadora y obsesiva,
 hilvanar los pensamientos, 
 me arrastra la corriente, 
 me atraganto, 
 me ahogo en mi propia marea, 
 sin llegar a echar ancla en buen puerto.


Pero si dejo que mis manos se dejen llevar por el curso de las aguas, 
 sin reparar en el trayecto,
 al final 
observo las vueltas caprichosas de mis pasos
 y me sorprendo, 
 me asombro, 
 por los tramos recorridos 
que creía sin sentido y en verdad llevan a algo…


(aunque ese algo 
 solo sean esos tres puntos 
que se suspenden
 luego de una última palabra 
 que indica el final).


Clara Silvina Alazraki

La poesía en audio: 
*la música de fondo pertenece a Cajita de música argentina - "Ojos azules"

Fuente imágen: http://www.rinconpsicologia.com/2010/10/el-poder-terapeutico-de-un-lapiz.html


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sábado, 4 de marzo de 2017

Historias para compartir: "Hermanos"

Para Valen y Cami, dos superheroínas reales que hicieron frente a la adversidad con la fuerza del Amor y a sus papis, que supieron manejar con Fe, un diminuto velero entre maremotos y tornados...

Hermanos


Había una vez, en lo profundo del bosque, sobre la esquina donde se unen un viejo pino y un cedro, un nido ocupado por una bulliciosa familia de picaflores.

Los padres cuidaban con profundo amor a sus dos pequeños,  que estaban comenzando a explorar el diminuto gran mundo que los rodeaba. Como cualquier integrante de su especie, eran muy inquietos, raramente se los podía ver inmóviles o en silencio. Su canción parecía monótona para cualquiera: una especie de cro cro cro que se repetía infinitamente, sin embargo ellos comprendían cada una de las variaciones de esos trinos que los comunicaban y unían en una melodía ondulante de ternura.
Los pichones experimentaban la novedad del vuelo, la delicia del néctar que les regalaban las flores, la suavidad de las gotas de rocío que acariciaban sus cuerpos inquietos, la osadía de la libertad sin límites.

Un día, el más pequeño comenzó a frenar su vuelo. Sus alas se extendieron como las de una paloma o un zorzal, sin la velocidad que las caracterizaba.
Más lentitud y más sosiego,  hasta que solo lo acompañaron unos agónicos saltitos cuando quiso moverse de un lado a otro.
Un oscuro nubarrón ensombreció a la familia.
Los padres y el hermano mayor del picaflor, le daban ánimos, lo llenaban de amor, de
ternura, buscaban el néctar más dulce para alentarlo pero nada cambiaba el humor del pequeño. Lo habían invadido la melancolía y la tristeza.
Comprendieron que necesitarían  ayuda extra, entonces, activaron la vieja señal de alarma usada por los pájaros: los árboles divulgaron ronroneando el pedido de auxilio de rama en rama, llevándolo por miles de kilómetros a la redonda.
Por la noche, en el claro que se abría en las entrañas del bosque, muchísimas aves se reunieron.
Los picaflores contaron su problema mientras millares de ojitos se clavaban en su hijo menor y su hermano, que lo sostenía por la punta de sus alas. Por largos minutos, el silencio reinó en el lugar. Casi podían escucharse los pequeños corazones latiendo. Un anciano búho dio un paso al frente y susurró que la única solución consistía en que los hermanitos tendiesen un puente entre ellos, intercambiando las más preciadas plumas, aquellas que eran la clave para lograr que los colibríes consiguieran detener su vuelo en el aire, planear en forma rasante sobre el agua, trasladarse a máxima velocidad y mínimo riesgo.
En ese momento, las miradas se dividieron entre los dos hermanos. El mayor asintió suavemente, sin pensar en el abanico de dificultades que se abría a partir de esa sentencia sino solo en el amor que sentía. Entonces, antes que nadie pudiera decir o hacer algo, arrancó siete plumitas de su cuerpo y las estampó con fuerza sobre el pecho de su hermanito que lo observaba  entre abatido y sorprendido.
El alma de los padres tembló por un segundo: el peligro ya no bailaba con uno de sus hijos sino con ambos. Miedo y esperanza se entrelazaron como una soga alrededor de sus cabecitas desesperadas. La decisión se había tomado. Ya estaba hecho.

El pequeño picaflor comenzó a trazar circulitos con su pico, con la cabeza, con el cuerpo entero. Giraba y giraba como una espiral de agua vaciándose por un agujerito sin fin.
Súbitamente, se echó a volar, como si nunca hubiera tenido un problema. Planeó sobre todos, gorjeando un grito de felicidad.

El mayor sonrió. Sentía dolor por primera vez en su breve vida aunque estaba plenamente conciente de que era ínfimo comparado con lo que había vivido su hermanito. También abrió sus alas y lo siguió.
Sus padres y los otros pájaros los miraban enternecidos.

Desde el cielo, las estrellas tintinearon melodiosamente, acompañándolos en la nueva aventura que acababa de comenzar…

Clara Silvina Alazraki

*Imágenes propias


  • La historia en audio (música de fondo de Hans Zimmer):



 


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martes, 7 de febrero de 2017

Historias para compartir, hoy de la mano de la poesía.

Para mi amiga Silvia y todas las personas que sienten su espíritu como un mar, por momentos con su marea baja y tranquila, por momentos con las olas echando espuma rabiosas, encrespadas.


El mar


El mar es un inmenso cielo caído,                                                                         recostado sobre un frío lecho de piedras y arena 
solo con la espuma como colcha.                                
                         
Es abismo en su centro,                                                       juego en las orillas.
Es vida contenida (conocida o invisible);                             cavan sus olas cicatrices en la tierra, 
que se mece 
como un niño en su cuna;  
recorrida por mareas de sangre salada 
que corren por sus venas agrietadas.

El mar sueña…                                                                     deslizan su tibieza las sirenas       
entre pálidos naufragios,                                                       danzan,                                                                                  bellas,                                                                                 poseedoras del encanto,
 del poder que vuelve calma la tormenta.

El mar ríe,
juguetea con el fondo de los barcos
transformados en juguetes dibujados en su manto.
Les regala pececitos de colores
y
alguna estrella gris.                                                       
                 
Pero a veces, 
el mar llora, 
se envuelve en tifones poderosos,   
destruye,
hace astillas ciudades, 
espigones,
defensas indefensas; 
se revuelve y deja ver un rostro ambiguo: 
el que hunde las goletas, 
submarinos,
el que deja una mujer en soledad,
esperando...
a quien nunca más regresará.

Sin embargo no es su culpa                                                  él solo es un instrumento,                                                  marioneta gigantesca y abisal    
sacudida por el hombre que lo abrevia, 
que lo cambia
que lo llena de basura rancia y negra
 y por eso llora triste, 
aunque
 un loco parezca.

Es el mar                                                                              un cúmulo de lágrimas                                                          que hipnotizan pescadores 
mientras despiertan entre velos
profundos recuerdos de otras épocas. 



Es un poco de todo 

mucha nada.

Grande y firme, 
quebradizo, 
eterno.

Es un dulce beso a la deriva,                                                           también
un sabor ácido
como el dolor que desprende una herida abierta.

Es magia,                                                                                         que el Gran Matemático inventó                                                     una noche de insomnio.

Un susurro de agua y fuego, 
ceñido entre límites inciertos.

Un hogar de sol y sal


Clara Silvina Alazraki

* imágenes propias, todas de mi hermosa Mar del Plata, tomadas en diferentes épocas del año.

El relato en audio:





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martes, 24 de enero de 2017

Historias para compartir: No todo es lo que parece...

En Argentina, el 23 de enero festejamos el Día Nacional del Músico
No todos ellos son famosos, sus nombres no brillan en marquesinas ni se leen en letras grandes de revistas o diarios. Sin embargo, saben despertar acordes que bailan en los oídos de quienes los escuchamos y agregan esa pizca de sal que da sabor a una buena mesa.
Para Fer y todos ellos, este nuevo relato.
¡Qué lo disfruten!


No todo es lo que parece

Todo comenzó aquel viernes…
Llegamos a casa muy cansados, sin ánimos de cenar, divertirnos o simplemente estar juntos. Mou estaba bastante alterado (habíamos paseado por el centro de la ciudad y nos impresionó que cada vez éramos menos). Como de costumbre, subió al altillo,
tomó su vieja y descolorida trompeta e intentó sacar algún sonido diferente.  Me quedé un rato en la cocina. Abrí y cerré las puertas de los aparadores, de la heladera, buscando no sé qué. Después, en la biblioteca, acaricié el lomo de algunos libros, consulté otros. Era un día rutinario. Era más lo que no pasaba que lo que pasaba. Fui al altillo y me senté a escuchar los infelices acordes que intentaba lograr mi esposo.
Tal vez fue ese momento, tal vez fue después, lo cierto es que ambos escuchamos el
peculiar ruidito de la llave en la cerradura. Nos miramos perplejos: nadie tenía paso en esa casa más que nosotros. Cierto temor comenzó a crecer. Frescas noticias de desalojos y problemas de viviendas cruzaron por mis pensamientos, mezclándose entre recuerdos archivados de un tiempo en el que nos habíamos tenido que marchar de nuestro hogar por culpa de unos ocupantes que decían poseer el dominio sobre el mismo.
Mou tomó mi mano, la suya temblaba. Lentamente tratamos de bajar a las habitaciones. No hizo falta.
Una mano blanca y venosa abrió pausadamente la puertita, una melena rubia y desgreñada se asomó observando cada rincón del desván.
Habíamos quedado petrificados contra una de las paredes. Mou se apretó contra mí, podíamos palpar el silencio…
El muchacho, entretanto, seguía intentando hallar alguna cosa. Vio la trompeta y, gateando entre los muebles y las telarañas, se acercó a ella y la tomó entre sus pálidas manos. Sonrió, sopló con suavidad el polvillo que guardaba el metal y comenzó a tocar una melodía pegadiza. Otra persona apareció. Una mujer de rostro lánguido y mirar profundo. Escuchó algunos minutos la canción. De pronto, miró fijamente hacia el lugar donde estábamos. Lanzó un grito que interrumpió la música. Nos señaló con un dedo acusador. ¡Nos había encontrado!
Se arrastró a un palmo de nosotros y clavó sus ojos en Mou.


El miedo empalideció a mi esposo aún más de lo que estaba y lo fijó al piso, a la pared, como fusionándonos con las tablas que la cubrían. Pasó un tiempo, ella continuaba con su vista inquebrantable. Mou se fue relajando, poco a poco y me susurró quedamente:
-No es a mí a quien mira.
En efecto, sus pupilas bailaban leyendo algo que estaba detrás de nosotros. Extendió una mano y acarició unas libretas  antiguas y sucias que se apilaban en una saliente de la madera.
-¿Qué encontraste?- preguntó él.
-Los cuadernos que gastábamos en primer y segundo grado- contestó ella con ternura.
Con esas palabras, comprendimos que ellos habían sido los antiguos dueños de la casa. Nos invadió el desaliento al darnos cuenta de que su regreso significaba que seguramente volverían a vivir allí.
Mou me empujó hacia la escalera. Bajamos con los siete sentidos invadidos de tristeza. ¡Otra vez mudarse! Dejar toda la felicidad que habíamos vivido allí para marcharnos nuevamente.
Tomamos nuestras escasas pertenencias y abandonamos el lugar. Mis ojos se habían llenado de lágrimas, cada paso parecía pesar una tonelada. Mou estaba dolorido, cabizbajo, pero aun así, intentó sonreír. Tomó aire, le robó algunas hojas al viento y dándomelas, murmuró suavemente dulces palabras.
-No sufras amor, sabíamos que algún día esto iba a ocurrir. No hay que lamentarse. Bien sabemos que hombres y fantasmas no se llevan bien. Dejar todo fue lo mejor que podíamos hacer.
-No creas que me voy a resignar fácilmente. La trompeta… la biblioteca, era el sitio ideal- le repliqué.
-Sí, lo era. Pasado… No podemos permitir que estos hechos borren nuestra alegría.
Mou acarició mi brazo y peinó con sus delgados dedos transparentes mi largo cabello azul.


Por una callecita estrecha y gris nos fuimos volando y abandonamos definitivamente aquella casa, ahora ocupada otra vez por seres humanos.

Clara Silvina Alazraki


El relato en audio:
*música de fondo del relato: LEE MORGAN, Hasaan's Dream (Benny Golson)
Fuente de imágenes:


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