martes, 2 de agosto de 2016

Una nueva historia para compartir... que llega a toda marcha!

El reloj nos despierta y nos levantamos con prisa, salimos apurados para llegar a tiempo al trabajo, la escuela, cualquier destino que implique llegar... inclusive aquel que involucre vacaciones. 
¿Serà que el hombre no puede estar quieto?

La carrera

En un punto de su carrera, detuvo sus pasos y miró el camino. Una nueva bifurcación comenzaba ante sus ojos. ¿Otra elección? ¿Qué significado tendría?
Tomó el camino de la derecha, ya que naturalmente parecía más transitable. Era llano y no ofrecía grandes impedimentos para llegar a la meta. El día, soleado y fresco al mismo tiempo, ayudaba a no dormir su mente, aunque esta se llenaba con paisajes, cielos, fragancias y sonidos agradables. Estaba exhausto,  con la total certeza de ganar. Si o sí. La concentración ya no existía. Se sabía puntero y eso le permitía ensoñarse en un pensamiento sin pensamientos. Y así marchaba, casi sin saber que lo hacía.

A la división del camino llegó el segundo corredor. Observó cautelosamente: hacia un lado un vergel, una cálida bienvenida, hacia el otro, el comienzo de un ascenso abrupto, que se interrumpía en una curva delgada que impedía vislumbrar más allá. Meditó un instante, comparó los caminos y recordó las palabras que se habían pronunciado en la largada: observación de los obstáculos fáciles, superación de pruebas engañosas, repetición maliciosa de trucos elementales para desatar la esencia de los jugadores. El segundo corredor estaba en aprietos. Su emoción tiraba hacia la derecha y su razón gritaba por la izquierda (el terreno más dificultoso). Decidió tomar este último y corrió hacia el rulo que trazaba el camino. Al superarlo, encontró desiertos y aridez, pero a lo lejos, casi invisible por la neblina y la distancia, como un grano de arena perdido en la playa, se divisaba la meta.

El primer corredor, entretanto, seguía su marcha fácil y sin obstáculos. El sol teñía su victoria de oro y calor. ¡Qué fácil había resultado esa competencia! ¿Competencia? ¡Triunfo!, sencillo y sin vueltas. Imaginaba las delicias, el gozo de cortar la cinta de la llegada mientras, imperceptible al principio y aceleradamente luego, gruesas nubes agrisadas cubrían el horizonte. Las puertas celestes se cerraron. La tormenta comenzó a golpear la tierra. Enojo y furia asomaron, envolviendo su cuerpo. Su marcha fue debilitándose y, en el clímax de la lluvia, buscó refugio, olvidando que cada paso era imprescindible y de eso dependía el futuro.

El segundo corredor, después de sortear ríos, subir montañas y saltar pequeños desfiladeros, se
amparó en la tormenta. Oleadas de viento y agua jugaban con su cuerpo, él los dejaba. Una profunda caverna le ofreció la tentación del descanso, una plantación de sandias invadió su cansada visión, mente, razón. Corrió hacia allí y cuando ya casi tocaba el tibio reparo pensó en si no sería otra prueba. El entrenador alguna vez le había dicho que un dulce podía ser un acelerador o un freno químico en un organismo cansado. Un cambio brusco podía ser el tope para un resultado largamente estudiado, deseado, soñado. Miró los pequeños placeres que se habían presentado, suspiró, entornó sus ideas y siguió adelante. La lluvia se desató sobre su cuerpo refrescando sus ansias de éxito. Mientras seguía, contemplaba cómo cambiaban las formas del camino y que pequeñito parecía frente a la majestuosidad de aquella tormenta, ataviada de rayos y truenos, rodeada por grises algodones de misterio y furia, que parecían acabar más allá, a lo lejos, donde ya se recortaban claramente los banderines de la llegada.

El primer corredor, pasado el aguacero, continuó la carrera. Estaba enojado por el desorden de la lluvia y saltaba los charcos del camino con desgano; su mente era una cadena de confusiones y se había desdibujado el recuerdo de ganar sencillo y fácil. El desgano lo atravesó totalmente. El sol volvió a brillar pero la situaciòn no cambió. Estaba absolutamente carente de motivación. Todo era aburrido. A cada paso, se cuestionaba el siguiente. Se detuvo, buscó algo diferente en el paisaje y, al divisar a lo lejos un bodegón, se dirigió hacia allí.

El segundo corredor estaba asolo unos kilómetros de la meta. Su corazón palpitaba alegría y sus
pensamientos volaban entre miles de deseos que se podrían convertir en realidades al conquistar su anhelo más preciado. Ya casi distinguía claramente las siluetas de la gente, sus gritos clamorosos, cuando tropezó. Cayó rodando por la tierra húmeda sembrada con diminutas piedritas. Al intentar levantarse, un dolor agudo azotó su espalda. Sintió miles de puñales que se hundían en su carne y despedazaban sus sentidos. Miro hacia adelante y lo que antes parecía cercano, se alejó tanto como el horizonte. Cerró sus ojos y llorando de rabia, dolor, impotencia, intento dar un paso más. El sufrimiento era  insoportable pero reunió toda su fuerza de voluntad y siguió.

El primer corredor zigzagueaba. Un fino telón alcohólico se había cerrado sobre su mente y ya no discernía nada con claridad. En el fondo de su alma, sabía que tenía que seguir y llegar a algo, pero sus sentidos y coherencia lo habían abandonado. ¡Qué bueno sería una siesta después de semejante borrachera!!!

El segundo corredor, temblando de dolor, afiebrado, con un solo pensamiento sacudiendo su mente: la meta, ya casi habìa llegado. Faltaban unos veinte pasos para romper la cinta y ser el vencedor. La gente, en un silencio sorprendentemente respetuoso, lo contemplaba sin comentarios ni gritos. Una envoltura roja, caliente, dejaba a cada paso hilitos de sangre que se mezclaban con la tierra y marcaban cada paso, cada lugar…

El primer corredor, en un instante de sobriedad, recordó la carrera. Buscó un punto en el horizonte, comenzó a perseguirlo desenfrenadamente. Él era el mejor, él tenía que ganar, tartamudeaba mentalmente mientras sus pasos se trababan.

Cinco largos metros y llegaría. Todo aparecía como en una lenta escena de ficción. Dolor y placer eran uno con su cuerpo. Por un momento pensó en que tal vez todo ese instante significaba solamente eso: una corta proyección (pero tan verdadera que desnudaba los sentimientos más ocultos, profundos, verdaderos).

Cuatro metros… y su cuerpo herido volcaría sus emociones a la victoria total de llegar al final del camino (que también era el principio de otro, más sutil, más etéreo)
Tres metros, y cada cara le devolvía gestos de asombro, alegría. El Juez, afirmando algo. Los antiguos corredores, celebrando invisiblemente, sin palabras pero con sonrisas de admiración. Y allí, en el fondo de todo, aquel sin nombre, que siempre le había intrigado y del que solo sabía era el gran Patrón Universal de las carreras.

El primer corredor sintió que  había equivocado el camino. Se detuvo, miró a los lados y retrocedió Un presentimiento golpeaba su mente: ¿había seguridad en sus acciones o solo se dejaba llevar por recuerdos? ¿Había obrado correctamente o…?

Solo dos metros quedaban y su sed se apagaría. Ya no más cadenas que lo sujetaran al teatro de la vida.
Un metro… un paso. Su cuerpo cortó la cinta en medio de un poderoso grito que explotó en sus labios: ¡¡¡¡LLEGUE!!!!! Al contrario de lo que había pensado, su cuerpo no le pedía descanso, sino más. Ahora podría gozar de todos los pequeños placeres olvidados por las directivas rigurosas del entrenador.
Había llegado. Trece copas se alzaron en su nombre y brindaron por la eterna búsqueda de las metas.
Fue entonces cuando recordó que no había partido solo en aquella lejana salida.
¿Y mis compañeros? Preguntó con curiosidad.
Y la respuesta fue tajante:
Corren en círculos, algún día, tal vez, den la vuelta…

Clara Silvina Alazraki




Fuente de las imágenes que no son propias:
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