martes, 9 de agosto de 2016

Llega una nueva historia de corazón emplumado y alas sutiles

Un relato para todos los que tengan su alma de niño asomando en las pequeñas cosas.
¡Qué lo disfruten!

El pájaro y el niño

El nido estaba casi concluido. La parejita de zorzales trabajaba codo a codo (o ala a ala) sin parar. A veces, la mujer-pájaro, descansaba unos segundos, miraba a su esposo, su casa y trinaba algunos acordes para que todo su pequeño mundo, conociera la felicidad que rebalsaba de su corazón.
Cuando las últimas ramitas estuvieron en su lugar, ambos sobrevolaron el árbol. Su canción fue una mezcla de bienvenida y esperanza.
Tiempo después, el blanco de un huevito asomaba entre las plumas y los cuidados de la madre.
Al nacer el pichón, el padre partía incansablemente cinco, seis, diez veces, en busca de comida. Tardaba en regresar pues era dificil encontrar rápido las delicias que llenaban su pico y eran festejadas con píos y aleteos cuando se iniciaba el festín.

Papá zorzal consideró que su hijito ya estaba preparado para su primer vuelo una tarde de primavera clara y tranquila. La lección se desarrolló entre las carcajadas de la madre y la mirada atenta y previsora del  padre.
También le enseñaron los secretos de la melodía, la picardía de la caza, el silencio para engañar al hombre, su mortal enemigo.

Descubrió la fuerza de su pequeño cuerpo y el temple de su voz cambiante. En el mediodía de su existencia,  partió. Partió siguiendo las huellas de la vida.

Conoció el amor, las sequías, el fuego, las montañas, el mar.
Un día vio algo que no estaba en su memoria chiquita. Se detuvo, curioso y le preguntó:
-¿Quién eres, extraño gigante sin plumas?
La respuesta fue un movimiento veloz, breve, un zumbido. Dolor. Oscuridad.




Despertó con la sensación tibia de una caricia y una risa lejana, cristalina de… ¡Qué parecida a aquella distante pero presente, de su mamita!
Lo rodeó una luz, agua. Su cuerpo se transformó. Le resultó desconocido. Misterioso.  La vida lo acunó, lo envolvió de sensaciones nuevas. Lo arrojó hacia arriba en un instante, como su padre lo había hecho el primer día de vuelos.
Cayó en unas manos frías, resbalosas. Entonces lloró, lloró como nunca por haber perdido… por haber encontrado.
Otras manos lo tomaron, lo acunaron, lo cubrieron de amor y mimos. Y olvidó todo, para comenzar a aprender otra vez.
Le pusieron un nombre: Juan.
Creció fuerte y feliz.

Nunca recordó su mundo limitado de pájaro hasta ese día… esa tarde, en sus cuatro años, cuando jugaba en la plaza con sus amigos  y uno de ellos, sacó de su bolsillo una honda, ante el silencio y la expectativa de los demás. La cargó con una piedra redonda y blanca, como un huevito,  la tensó. Y ya no pudo hacer nada más, porque Juan, sin saber por qué causa, saltó como un resorte y se le echó encima. Rodaron por la tierra hasta que le quitó el arma y escapó velozmente.
Corrió hasta que no pudo más.
Se detuvo en algún lugar, se sentó en un escalón.
Su corazón golpeaba impetuosamente en su pecho. Miró la honda. Despacio, con rabia, la rompió en pedacitos.
Cuando terminó, el canto de un pájaro lo arrulló desde la cima de un árbol.
Lágrimas tibias se deslizaron hacia su boca. Su lengua las absorbió una a una, mientras el arcoíris de una sonrisa borraba el recuerdo de la pelea.

-¡JUAN! – le gritó un viejito.
-¡JUAN, pedazo de picarón y pendenciero!!! ¡Estabas acá… y todos buscándote!
Juan lo abrazó fuerte, emocionado y le pidió que escuchara. El viejito sonrió. Se sentó junto al niño y tomo entre las suyas, las manitas de su nieto. Una melodía suave y victoriosa los envolviò.
-¿No es relindo, abue?- preguntó Juan.
El hombre sacó un pañuelo, le limpió la cara, acarició los rulos desordenados y contestó:
-Sí, es hermoso. Ese pajarito cantor es un zorzal. Es rarísimo que haya uno en la ciudad. ¡Eh, tontito!!! ¡No llores! ¿No ves que no estás solo…?

Clara Silvina Alazraki


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