miércoles, 8 de agosto de 2018

Esperando el colectivo... una historia para compartir propia.


A veces, las respuestas que buscamos están más cerca de lo que pensamos…

El martes, salí de trabajar en una escuela (es el día que salgo casi a las corridas porque entro en otra en un par de horas).                                                                  Me senté a esperar el colectivo, la cabeza perdida entre cosas que hay que hacer y aún están en pañales. A mi lado, se sentó una señora mayor. Dos alumnas de la secundaria  
(ex alumnas mías),
charlaban bajito.
 En un momento, abrieron sus mochilas y se pusieron sendos pañuelos celestes pro vida. Me llamó la atención que lo hicieran fuera de la escuela, ya que en estos últimos tiempos el tema en contra o a favor del aborto es un Boca-River en la mayoría de los contextos y, obviamente, los ámbitos educativos no se salvan, al contrario, son un verdadero ring donde los chicos se expresan con mucho énfasis (cuasi fanatismo en muchos casos).
Al rato, cruza la calle una pareja. Ella con un bebé muy chiquito en brazos, él con un bolsón gigante. Miro sus caritas, exalumnos.
El muchacho me sonríe y llega la pregunta típica:
-¿Te acordás de mí, seño?
Pienso, cómo no me voy a acordar, si cuando te tuve de alumno me sacaste canas blancas, verdes y amarillas.
-Yo era re bravo –agrega.
También me río y le digo que sí, que lo recuerdo, que era muy travieso. Le pregunto sobre el bebé.
-Es mi hijo- me contesta con un orgullo que se palpa en el aire.
Le pregunto qué es de su  vida.
-Nada- me dice.
¿Cómo nada? Algo tenés que haber hecho con tu vida, pienso. Le digo que recuerdo, hace años, verlo en un  carro. Él me cuenta que sale a cirujear con el papá, que alguna cosa tiene que hacer para sobrevivir. Charlamos sobre otros compañeros (de aquellos tiempos, de ahora), que también estaban en la misma situación.
Señala al bebé, su nombre es Alan. La mamá debe tener unos 14 años, él tiene 17.
Las chicas con los pañuelos celestes, la señora, escuchan la charla, asienten, sonríen.
Una me avisa que se acerca el colectivo.
Miro pero no llego a distinguir cual es.
El muchacho me dice que él tampoco lo ve. Que no ve muy bien… Le digo que vaya a ver un oculista, que en la salita hasta le pueden dar los lentes, que siendo menor tiene muchos derechos, que aproveche cuando lleven al bebé al control de salud y se haga revisar…
Llega el cole, sube la señora, las chicas, yo también. Los chicos quedan en la parada, me saludan sonriendo, los pierdo de vista cuando el semáforo cambia y sigue su camino.
La mujer rompe el silencio.
-¡Qué historia! – comenta.
-Si-contesto, mientras pienso en el pasado, cuando mis alumnos eran pequeñitos y ahora, bebés con bebés.
Me pregunto si algún maestro habrá tocado su corazón como él acaba de tocar el mío.

A veces, las respuestas que buscamos están más cerca de lo que pensamos…

Clara Silvina Alazraki

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