jueves, 8 de marzo de 2018

Día de la Mujer y ¿una? historia para compartir...


Para mis amigas, las que conozco y las que aún no he descubierto.
Para las mujeres, que hoy festejan... festejamos nuestro día.
Para todo el que quiera leer y tenga ganas de sumergirse por un ratito en palabras hilvanadas con cariño, un regalo en este 8 de marzo, Día Internacional de la Mujer:

Entre fantasmas e ideas


A veces resulta  difícil escribir un cuento sobre un tema en particular y más, si una se propone ser esquemática, plantearse un asunto  y sexo determinados. Por eso di vueltas y vueltas alrededor de esta idea, sin que nada naciera en mi cabeza y muchas palabras fueran degolladas por la barrita vertical de suprimir del teclado…
Así estaba, cuando, de algún lugar, salió Don Cristóbal Colón, el mismísimo “descubridor”, que en persona, venía a explorar mis hojas en blanco.
-Ese cuento es más fácil de imaginar que un viaje en carabela hacia China. Lo único que necesitas es… digamos una capitana pirata que asalta navíos, tiende emboscadas y se apodera de todo el oro posible. Para el final, reservás un encantador príncipe que la cautiva y, herida de amor, deja todo para convertirse en una honrada ama de casa que después de unos años será una mujer gorda, arrugada y cargada de hijos.
-Mmm . Pensaba que ese tipo de razonamientos no existían en su época. Parece que me equivoqué- le dije, mientras me mordía el labio para no reírme y, a la vez, hacerlo desvanecerse con un pestañeo.
-Todo cambia. Considerá que si hubiese permanecido con mis viejas ideas, mi acento seseante y todo ese vocabulario que hoy, ni en España se escucha, no hubiese tenido la ocasión de evolucionar  y,  a estas horas, me encontraría terriblemente espantado al volar sobre alguna calle y verlos, verlas. Pensá en mi época, esos miriñaque armados, metros de tela que querían ocultar curvas que se revelaban igualmente y hoy, señoritas semidesnudas caminando alegras en el shopping… Ah! ¡Cómo me gustan las minifaldas!!!
En ese momento, desapareció. Mejor, pensé, podré volver a enfocarme en el tema.
Pero parece que no era mi día.
Mientras Las manos estaban bailando sobre el teclado, una silueta se desprendió de la pared. La miré bien. No recordaba haberla visto. Era casi irreal. Estaba envuelta en una claridad que se enturbiaría con una descripción con simples palabras.
-¿Quién eres?
-Soy lo que llamarías bruja…creo. Pertenezco al futuro. Leí tu cuento y vengo a actuar la parte que me corresponde.
-Ah! Así que lo voy a terminar… a escribir, mejor dicho! ¿¿¿Una bruja???

-Sí. Según las formas de pensamiento actuales, creo que sería la palabra justa que describe mi profesión. No preparo caldos siniestros, ni vuelo en una escoba. Tampoco practico orgías. Solo trato de alegrar los últimos minutos de vida de la gente (también me llaman “hada de la muerte” en algunos lugares). Sé que en estos tiempos, el final de la existencia terrena es muy temido por mucha gente. Cuando les toque recorrer otros caminos que se superpongan con los ya transitados, tendrán conocimiento de experiencias pasadas y reirán de esos miedos. La muerte solo será algo necesario para crecer y conocer y el único, pero pequeño, insignificante dolor, llegará cuando, al cambiar sus cuerpos, dejen el que usaron durante tanto tiempo por otro nuevo, sin estrenar. En ese punto, entro yo. Mi trabajo es casi médico: un parto de almas, donde lo más difícil sobreviene en el cruce de ese puente, de lo viejo a lo nuevo. Debo tener mucho cuidado porque el ser es tan etéreo que, a veces, puede diluirse en un suspiro. Si esto ocurre, debo perseguirlo, atraparlo y acomodarlo en el sitio ya designado. Solo aquellas almas puras que han recorrido todos los caminos posibles tienen el derecho a liberarse de la fase de conocimiento en el plano físico. Cuando surge alguno de estos, siento que cada una de las fibras que me componen, vibra al son de una música celestial que inunda todo. El antónimo de este estado, es lo que llamo un alma bebé. Tan frágil y pequeña como un recién nacido prematuro. Volviendo a tu cuento, te dejo una pista: puedes hacer de mí, su protagonista. Solo piensa en el hecho de que  conquisto a la muerte pero la soledad me conquista a mí.
Con estas palabras se esfumó en el aire dejándome con un desconcierto peor del que poseía al principio (donde no tenía nada, pero tampoco estaba confundida, solo con escasas ideas).
Otro fantasma, salido de la nada, se deslizó entre las hojas.
-¡Esto es la medida que colma mi paciencia, - le grité;- si es otra historia rara, busco el punto final y los acabo a todos de un plumazo!
-¡No!- chilló- ¡No me mates, por favor, que aún soy joven en esta ¿vida? errante!
Una viejita se materializó a medias sobre uno de los sillones. Sus dedos se movían como en  un teclado de piano sobre su falda, tal vez con miedo, por mi amenaza previa.
-¿Quién es usted?
-No importa quién soy, ni que represento, solo que vine a ayudarte. Te voy a contar mi historia y si la crees interesante, la podrás usar en tu cuento.
Nací en Italia, en una aldea perdida de la que no importa el nombre. Cuando contaba con trece años, mis padres decidieron emigrar para, tal vez así, cambiar su suerte, su mala fortuna y huir de las guerras y miserias que los agobiaban. Partimos una inolvidable mañana de abril, llevando prácticamente solo lo que teníamos puesto y alguna chuchería que ocupaba un lugar ínfimo.
El viaje fue horrible. Uno de mis hermanos menores, no lo pudo resistir y murió antes de llegar a puerto firme. Lo acuna alguna ola, ya que ni siquiera podíamos quedarnos con su cuerpo: todo lo que no servía era arrojado al mar, más lo que podría originar enfermedades a los otros. Entre pestes y tormentas, cada vez éramos menos. El océano era un inmenso colador del que se escurrían los más débiles.
Llegamos a Buenos Aires en medio de una sudestada. Todo era hostil. Nada invitaba a quedarnos. Ni siquiera la poca gente, que curiosa,  desde los muelles, nos observaba a distancia, tal vez temiendo contagiarse de nuestros padecimientos. En la Aduana, revisaron documentos y nos dejaron marchar.
Ya nada nos ataba a una tierra lejana. Tampoco a esta, que pisábamos casi sin sentirlo.
Luego, pasó lo previsible: caímos en un inquilinato, del más pequeño al más grande, tuvimos que trabajar para sobrevivir. Nos robaron. Nos pegó la miseria.
Siempre que intentábamos levantarnos, había algo que nos hundía. El dinero que cobrábamos, apenas alcanzaba para la comida de cada día. Estábamos desesperados.
Una noche, volvía de la fábrica cuando me arrojaron un baldazo con agua. Quedé parada, en medio de la vereda, chorreando agua , lágrimas y bronca. Dos muchachos se aproximaron riendo.
-¡Qué sopita para mi olla!
-¡Si hasta sal, trae!- gritaron entre carcajadas.
-Mi ropa… co… como voy a ir mañana a trabajar? – tartamudee entre sollozos.
-Bueno, nena, no es para tanto, cambiás las pilchas y listo.- dijo uno, guiñándome un ojo.
-No tengo otra cosa y si mañana falto, pierdo el empleo…
Ellos se miraron entre si y uno, alargando una tarjeta dijo:
-No te hagás problemas. No se acabó el mundo por un jueguito de carnaval. Cuando puedas salir de tu casa, andá a esta dirección y listo. Dijeron mientras miraban a lo lejos, buscando otra víctima para sus mojadas bromas.
Llegué a casa entre las burlas de los vecinos y las risas de los chicos. Imagínate, estaba tan empapada que cada vez que me detenía, se formaba un charquito.
De allí en adelante, mi destino cambió. Gracias a un chapuzón inesperado, conseguí un empleo mejor pago que el anterior. Los muchachos pertenecían a una de las familias porteñas más adineradas. El padre era poderoso y manejaba los hilos de la política a su favor. También conseguí novio, uno de sus hijos comenzó a cortejarme.
Mi familia, salió adelante, después de tantas amarguras. Mis hermanitos comenzaron a estudiar, también yo. Más adelante me casé.
Todo parecía una novela.
Mi esposo murió al poco tiempo, embestido por un coche.
Sola, sin descendencia y con mi familia política queriendo sacarme lo que me
correspondía, me mudé al interior, a una vieja finca mendocina que me había legado mi matrimonio. Al tiempo, dos de mis hermanos vinieron a vivir conmigo. Teníamos buenos campos y comenzamos a sembrar vides. Fue un trabajo duro, arduo, que con el tiempo, comenzó a dar sus frutos. Nos convertimos en terratenientes, ya que en lugar de acumular fortuna, invertíamos casi todo en comprar otros terrenos.
El sol, las tareas y las tristezas acumuladas amasaron mi cuerpo y me convertí en vieja a los treinta y cinco años. No puedo decir que todo eso fue en vano, aunque no tuve hijos para heredar esos dominios, mis hermanos y sus familias lo hicieron, ellos se ganaron con trabajo constante y honradez hasta la última partícula de polvo. Para mí, fue un desafío. La conquista, el amor a esa nueva tierra, conquistó mi vida finalmente.
La figura de la viejita fue deshaciéndose, hasta no quedar ni una sombra.
Me quedé pensando. En ella y tantas que dieron todo de si por un futuro incierto.
Tan ensimismada estaba que prácticamente no oí a mi marido, que había entrado silenciosamente y me observaba desde un rincón de la habitación.
-¿Escribiendo?
-Ojalá. No encuentro ninguna idea tangible. Solo vienen y van fantasmas que no se concretan en nada real.
-¿Qué tema es?
Se lo dije.
-Bueno. Creo que eso es fácil. ¿Qué tal si contás tu propia historia?
Sonreímos, evocando viejos recuerdos. Suspendí la compu, apagué la luz y nos fuimos a sentar al jardín, sobre el pastito tierno en medio de la oscuridad.
Un cuento puede esperar. Son incontables los temas que nos envuelven a nosotras, las mujeres.
Mujeres que aprendemos, trabajamos, amamos, soñamos, vivimos  formando parte de este  mundo, nuestra pequeña gran Tierra, otra mujer vapuleada por los tiempos, las crónicas y las desmemorias .
¿Cuántas estarán pensando en pasados y futuros?
¿Cuántas imaginaran historias fantásticas entorno a ellas, ya sean reales o no?
Creo que ya tengo mi historia…


Desde un rincón del cielo, una estrella fugaz, barre la oscuridad de la noche.

Clara Silvina Alazraki


Imágenes (por orden):




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