jueves, 21 de diciembre de 2017

Historias para compartir en tiempos de Navidad

Para la familia y amigos, un regalito anticipando este 24 de diciembre.
Esperemos que el milagro de la hermandad sea en cada corazón y traiga paz a todos, especialmente, a nuestra Patria...

La mancha de Navidad

Ya han pasado casi dos horas de este nuevo 25 de diciembre.
Supuestamente,  Papá Noel hubiese debido a pasar a las 12,  pero algo le pasó.

Tal vez chocó su trineo.
O el tráfico no lo dejó concluir su trabajo.
O un reno se comió todos los turrones y se descompuso.
Muchas cosas pudieron suceder,  porque esta noche,  mi árbol despertó vacío de regalos.

Recuerdo cuando sonaron las sirenas y los primeros fuegos artificiales anunciaron la Navidad. Fui,  mire, oí, pero lo único que me interesaba realmente,  eran esos paquetitos que asomaban entre las ramas artificiales del pino de plástico. Ninguno fue para mí.

 Estuve a punto de llorar pero me detuvo la mirada triste de mamá. Entonces miré los regalos de mis hermanitos y, ¡sorpresa! Al más chico le había tocado un oso viejo y peludo que había sido mi primer compañero de juegos.  El paquete de Marita,  tenía un collar de cascabeles y chapitas de gaseosas,  en cambio el de Matías, era una lata con rulemanes,  tuercas y arandelas.  Josefina,  la del medio,  bailaba con un disfraz de hada reciclado de un viejo vestido de fiesta de mama. Y así todos…

Papá me llamo despacito y me contó al oído cosas que yo ya sabía. Que está sin trabajo,  que son muchos siete  chicos para conformar a todos, que lo perdonara  porque la imaginación había fallado  cuando quisieron hacer algo para mí. Lo abracé fuerte,  para que no viera mis ojos,  a punto de desbordar de lagrimones y le susurré  que no importaban los regalos sino que fuéramos felices y que estuviéramos juntos. Después,  me fui afuera y disimuladamente me limpié la cara.

Fue  en ese momento que lo vi. Detrás de la casa, saltando el alambre tejido iba a papá Noel,  corriendo como loco (claro,  le faltarían muchas cosas por repartir).
Volví adentro, miré abajo del árbol pero no,  no había nada.
¿Para qué habrá venido?,  me pregunté con rabia.

En eso llegaron mis amigos y armamos el medio del potrero un picadito de fútbol.
Mamá me gritó que cuidara a los más chicos y que no nos acostáramos mucho más tarde. Un rato después tuve que volver a casa porque los nenes cabeceaban y se iban a dormir entre los pastos altos.

Nos acostamos y bueno, no pude dormir.

El reloj cantó las 2 y yo seguía con los ojos como dos faroles.

Es difícil soñar cuando la cabeza es un lío de palabras como…
¿Para qué habrá pasado por el fondo este tarado de Papá Noel si no me trajo nada?
 Papá Noel no existe,  José,  sos un chico grande,  tenés 11 años y todavía seguís creyendo en eso…
Está bien,  me pueden decir,  me puedo decir que ese tipo no existe pero, ¡¡¡yo  lo vi!!! Yo lo vi saltar el alambrado…

Otra vez se me atragantan las lágrimas. Me doy vuelta en la cama y quedo mirando la pared. Allí,  una mancha de humedad extiende sus dominios.  En su centro,  un dibujo comienza a formarse. Es mi juego preferido desde que nos robaron la tele.

Por la ventana entra la luz de la calle y da justito sobre la pared. La mancha es como una nube que se transforma en millones de seres, lugares,  mundos.  
Sin embargo, hoy esta rara. Su forma es casi casi como la de esta casa,  un ranchito pobre con techo de paja en vez de chapas. Hay una mamá y un papá con un bebé chiquito, en lugar de siete hermanos, y la luz parece llegar del cielo,  de las estrellas,  en vez de la calle.

El nene me mira y sonríe y en ese momento,  la escena parece volverse más luminosa.
Una voz suave, como el tintinear de muchas campanitas de cristal, me habla desde la pared.
“José”,  me dice, “José,  como mi papá de la tierra.  Mirá el cielo y elegí la estrella más hermosa o, mañana,  levantate temprano y te regalo un hermoso día de sol o te ayudo a  hacer un gol… No llenes tu cabecita con problemas sino con luz,  paz,  amor…”
“Sí,  pero… ¿para qué vino Papá Noel,  me querés decir? “  le preguntó.
El bebito vuelve a sonreír y me sigue hablando.
“Tal vez te duela lo que te voy a decir,  ese ser no existe. Sólo está en tu imaginación y en las vidrieras de las jugueterías, pero yo si soy real.  Hoy estoy naciendo por dosmilésima vez en ese mundo y por primera, en tu corazón. Cree en lo que te estoy diciendo,  José, esto es  mucho más grande y maravilloso que lo otro…”

Y debe ser así nomás,  porque la mancha de la pared,  que siempre cambia su forma en segundos,  sigue igual que antes: el ranchito,  la mamá, el papá y el bebé charlatán.

No sé si es por las palabras dulces o por la canción de cuna que ahora canta la mamá,  que mis ojos se van cerrando y,  por fin,  me duermo, aunque antes alcanzó a ver los primeros rayos del sol, que pegan contra mi pared y delinean con luz de oro al chiquito que me sonríe.

Clara Silvina Alazraki

El relato en audio:



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