domingo, 15 de octubre de 2017

Historias para compartir: Día de la madre

En este nuevo día de la madre, una historia que la encuentra cómo protagonista...
¡FELIZ DÍA!

Cama y cuna

Siempre que le preguntaban  donde había nacido,  respondía que había sido  en una verde pradera, con los primeros fríos del otoño como sábana y el trébol suave y esponjoso como colchón.
Ya habían pasado 27 años de aquello  pero cada vez que repetía  la historia,  sentía como si fuese la primera ocasión en que la contara (o que a él se la relatara su madre).
Su mamá,  embarazada de nueva meses,  sintió los dolores del parto mientras atravesaba  un campo,  a mitad de camino entre su pueblo y la casa.
 Era una mañana fría y aún la escarcha cubría la vegetación.  

Rosalía había salido como siempre, muy temprano,  rumbo al taller de costura donde trabajaba. Sentía el llamado de su enorme panza,  que le pedía descanso y cuidados. En aquel tiempo,  no podía permitírselo. Su  marido había fallecido dos meses atrás y, sin él,  todo el peso de la casa había recaído sobre ella. Por eso, aunque  presentía que pronto daría a luz,  no había dejado  su puesto. Esa fue la causa por la cual aquel día las contracciones la encontraron allí.
Rosalía se dobló en dos y cayó suavemente sobre el pasto húmedo de la mañana. Su cuerpo rompió la fina capa de escarcha,  adhiriéndose y mojando los bordes de su vestido áspero de campesina.  La respiración se tornó agitada por varios minutos pero poco a poco se relajó: el dolor pasó. Cuando  quiso reemprender su camino,  nuevamente lo sintió. Así pasó casi una hora.  Su hijo,  desde el  vientre turgente, clamaba  por ver la luz del sol que ahora se levantaba tímidamente entre las ramas de los árboles lejanos.
Rosalía estaba segura de algo: nadie la vendría a ayudar. En su trabajo le habían pedido que se quedara en  casa, descansando. Si ese día faltaba,  era lógico que la causa hubiera sido que al fin había aceptado hacerlo.   Además,  ella era la única que vivía por aquella zona,  tan alejada de la población.
 “Me tendré que arreglar sola,”  pensó. “Sola,  como desde hace tiempo… no sería nada extraño ya estoy acostumbrada…”
Un dolor intenso,  más fuerte que los  otros interrumpió sus ideas.
Entonces gritó. Gritó su tristeza aprisionada, sus lágrimas no lloradas, su cansancio íntegro.
La respuesta fue su propia vida,  saliendo  desde sus entrañas para independizarse de ella misma. Su sangre caliente regó la tierra y un bultito peludo y pegajoso rebotó contra el pasto  y gimió,  cortando el silencio matinal y uniéndose a su madre en un solo clamor.
 Rosalía lo tomó con sus manos y con la sabiduría innata que lleva cada mujer consigo,  rompió el cordón umbilical que los unía,  con sus dientes,  y lo envolvió en parte de su propia vestidura.
El bebé lloraba fuerte y su madre ahora reía,  liberada ya  de toda angustia contenida.

El sol, ascendiendo hacia  lo alto, y aquel campo verde,  que sirvió de cama y de cuna, fueron mudos testigos de la vieja y la nueva vida,  que comenzaban juntas a caminar los enredados senderos del mundo.

Clara Silvina Alazraki


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