martes, 8 de noviembre de 2016

Historias para compartir en familia: La cosecha

Hace unos días se cumplieron catorce años desde que mi papá se fue a patinar por los cielos mientras le gasta una bromita a algún ángel viejito y cura la visión torcida de una nube que perdió el camino... Una nunca sabe por donde andará, pero tiene la esperanza que cerca,mirando como seguimos aprendiendo por acá, en la Tierra. 
Para mi papi...
La cosecha

Ya casi se habían cumplido dos horas desde que había muerto y Florencia todavía esperaba cruzar un puente o un túnel de luz, ver imágenes de su pasado desfilando ante sus ojos o, por lo menos, sentir algo que se la llevara, que la sacudiera de su sito.

Pero nada ocurría. La más absoluta y vacía nada.

Ni luces brillantes, ni sombras densas, ni música de campanitas. Nada.

Los recuerdos eran solo eso: momentos vividos que nunca volverían a repetirse.
Observó a su alrededor: algunas enfermeras corrían por las salas llevando gasas, tubos de oxígeno, suero. Otros, a los que identificó como doctores, por el color de sus guardapolvos, caminaban más tranquilos, dejaban una palabra de alivio por ahì, un remedio por allá.

-Qué extraño- pensó, -¿se habrán olvidado de buscarme?

Uno de los últimos libros que había leído, contaba algo sobre una sensación de liviandad, de abandonar el cuerpo que ya no servía. Bien, ese paso ya estaba cumplido.

Florencia se miró a sí misma y asintió, ese ser opaco y pálido que parecía dormir sobre la camilla, no era ella. Su sonrisa, su voluntad, su alma, ya no estaban allí.
En cambio, su nuevo cuerpo fantasmal, era una síntesis de todas sus fantasías. Podía volar, observar a través de las paredes, atravesarlas sin ser vista. Y además, estaba la sensación… un sentimiento de paz, tranquilidad, de no tener peso físico ni mental. Eso era lo mejor.

Un grito repentino la distrajo. Era un nacimiento. La madre estaba tan cansada, dolorida y desesperada que apenas podía seguir las instrucciones de los médicos. Sus piernas, levantadas, de un corte manaba un hilo de sangre. El parto se había complicado por la posición del bebé que estaba precisamente, al revés de lo “normal”. Como si se resistiera a entrar a este mundo.
Florencia acarició la abultada panza sintiendo el movimiento ondulante que nadaba en su interior. De inmediato, la mujer se tranquilizó. Sus pensamientos eran una mezcla de oraciones y palabras a su nuevo hijo, pidiéndole que la ayudara, que no temiera, que lo amaba.
Por segundos, los sonidos se acallaron y solo fueron ellas: la madre en su esfuerzo de dar vida, el fantasma y su deseo de ver más allá de la muerte. El resto solo era una confusión organizada, con perfume a desinfectantes y léxico de hospital.
De pronto, el bebé se decidió, se colocó como debía y se preparó para salir. Florencia sintió que una fuerza la succionaba, la absorvìa, la llamaba, y esa fuerza estaba justamente en ese nuevo ser.
A medida que iba desprendiéndose del cuerpo que lo había cobijado durante nueve meses, el pequeño la iba atrayendo suavemente.
Florencia se dio cuenta de que eran los últimos instantes de su vieja identidad, ya que pronto tendría que volver a edificarla, entonces, tuvo un poco de miedo. Aunque

desapareció inmediatamente cuando recordó la última imagen que había visto antes de morir: desde una de las ventanillas de la ambulancia, había presenciado un desfile de campos cultivados en los márgenes de la ruta. Eran una gigantesca ola verde, una marea de esperanza danzando al son del viento.



A su visión, se sumó una centelleante cascada de chispas cuando el médico terminó de cortar el cordón umbilical, alzó suavemente a la criatura y la depositó sobre el pecho de la madre.
Ella tomó la cabecita resbalosa y miró dentro de los ojos llorosos. Vio un cielo dorado y muchísimas plantas esperando ser cosechadas.

En ese instante decidió bautizarla Florencia. Un nombre asociado a esa primera imagen, obtenida desde la mirada profunda de su primer encuentro con su hijita.

Clara Silvina Alazraki

Imágenes propias
El cuento en audio:


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