martes, 10 de febrero de 2015

Actividad 2 en #Acumenstorytelling : buscando entre anécdotas, encontrè esta puertita perdida en el arcón de los recuerdos...

Tenía 25 ó 26 años, época que disfrutaba muchísimo viajando por mi país.
Mi suegra, había conseguido pasajes en un Tour con destino a la Cataratas del Iguazù.
 Tres de sus amigas docentes, mi marido y yo, nos aprestamos al viajecito en colectivo (casi dos días de micro y 5 ó 6 en un hotel en el lado argentino).
La salida era desde el Centro de Jubilados Ferroviarios (no recuerdo por qué, posiblemente había algún contrato con ellos).
Cuando llegamos ahí, cargados de bolsos, valijas, expectativas y sonrisas, encontramos al resto del grupo (unas 40 personas) esperando el transporte (saldrían dos micros).
Pasaban las horas y de los micros ni noticia...
Los teléfonos celulares aún no eran masivos como lo son hoy en día, así que, cada tanto, alguien llamaba a la empresa desde un locutorio aunque sin respuestas.
Los ánimos empezaron a caldearse: algunas mujeres lloraban angustiadas, otros, enojados, aseguraban que la empresa nos había estafado y que teníamos que demandarlos, otros fantaseaban diferentes respuestas al problema (roturas mecánicas, robos,un conductor ebrio...).
Mientras esto ocurría, empezaron a llegar grupos de viejitos. Entraban al salón donde estábamos pasajeros y equipajes en un bulto uniforme, saludaban y salían por una puertita del fondo.
De aburridos, no más, y para dejar de pensar en el problema que nos agobiaba, comenzamos a elucubrar qué hacían detrás de la puertita.
La imaginación tejía historias graciosas, increíbles, lascivas.
 La curiosidad nos aguijoneaba.
Una de las amigas de mi suegra no pudo resistir más la curiosidad y marchó tras una añosa pareja.
En ese momento, apareció una representante de la empresa de viajes. En medio del griterío, explicó que uno de los micros había sufrido un accidente en ruta, el chofer estaba lastimado y esa era la causa por la cual no habían podido llegar a tiempo para nuestra salida. Entre nervios y lágrimas (algunos la insultaban), nos dijo que partiríamos al día siguiente, quien quisiera anular el viaje, estaba en su derecho, el dinero abonado se le reintegraría en forma total.
La mitad del grupo lo hizo, otros, decidimos ir, pese a todo.
Era muy tarde, casi de madrugada, solo restaba buscar un taxi y volver a casa.
Sin embrago, la intriga sobre qué ocurría detrás de la puertita del fondo, crecía, se agigantaba, traspasaba los límites del lugar.
Pudo más la curiosidad que el cansancio y con resolución, fuimos hasta allí, tomamos el picaporte y ... comenzó otra historia.
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